Libertad inquietante. Libertad escalofriante.

What if I told you that the world was gonna end

And you had fifteen minutes to spend with me or your friends.

 Fifteen Minutes, Mike Krol

 

 

— ¿Cuándo tuviste tu primera consola de sobremesa? —le pregunto al chico desconocido.

 

— ¿Cuál fue? sigo preguntando emocionado— La mía fue una Nintendo Gamecube. Me la regaló mi madre en 2003, y lo que parecía una versión morada de la consola, con un disco de Mario Kart: Double Dash dentro, ¡resultó ser una edición coleccionista negra con The Legend of Zelda: Collector's Edition!

 

(El chico no responde, quizás porque es una burda excusa para hacer más artística la entrada. Pero podemos imaginar que existe: al fin y al cabo, es lo bueno de tener un blog que apenas nadie lee. Pues bien, el chico no existe, pero me lo imagino sencillo, con un suéter de lana, de estilo navideño, con poca barba y unas botas un poco asquerosas. Definitivamente, si fuese tu pareja las tirarías a la basura un domingo mientras duerme. E imaginémosle sentado en un malecón, mirando como atardece: me lo encuentro cada día allí, cuando vuelvo a casa del trabajo. Tenemos conversaciones absurdas, pero me gusta mirar como le cae el pelo sobre las orejas). 

 

Yo nunca había sabido de la saga, y cuando tuve que decidir entre Ocarina of Time Majora's Mask, los dos juegos en tres dimensiones que incluía el disco, me lancé a empezar el segundo. Trece años después, sigo siendo un enamorado de la saga y de la historia de la máscara de Majora.

 

El juego habla —a diferencia del argumento trivial de otros títulos de la serie— de muerte, curación, oscuridad, color y tiempo. Visualmente la edad no le afecta: lanzado originalmente en la Nintendo 64, el juego ha sobrevivido el paso del tiempo a través de las diferentes consolas de la compañía nipona hasta la Nintendo 3DS, en que fue remasterizado y adaptado a la plataforma en alta definición. 

 

Majora's Mask parte de una historia muy sencilla y mecánica, pero llena de emoción, y la inclusión de la variable "tiempo" hace de la experiencia de juego una sensación trepidante. Si The Legend of Zelda: Ocarina of Time nos introducía el objeto mágico que da nombre al juego, al Héroe del Tiempo y el drama personal que le reportan los acontecimientos a la postre, Majora's Mask nos propone una verdadera aventura temporal, porque ese héroe tiene que salvar la tierra de Términa en 72 horas. 

 

Con un contador omnipresente en pantalla, que se siente como si estuviera juzgando todas las acciones del jugador, cada logro, cada movimiento fallido, cada divertimento que es pérdida de tiempo, la sensación que produce es la de una libertad inquietante. Una vez el jugador ha avanzado en la historia y ha conseguido la mayoría de armas, máscaras y objetos principales, el juego te permite jugar con total libertad por la versión paralela de la tierra de Hyrule, pero nunca cesa la sensación de peligro inminente. En todo momento, un reloj en pantalla; en todo momento, al mirar al cielo, la luna aproximándose sin remedio al suelo. Una libertad escalofriante.

 

(La chica, porque ahora imaginemos que el suéter es de color champán y lo llena una chica demasiado delgada para esa talla, mira fijamente al faro en el horizonte, mientras le hablo apasionado. Mientras procura que la larga falda que lleva le cubra las piernas y pare la fría brisa, asiente sin mucho interés. Le gustan los videojuegos, pero últimamente ha perdido el interés en todo. Se muestra desganada artísticamente y agotada mentalmente. Claramente, la conversación no le ayuda, pero le distrae. Que te rompan el corazón un poquito y por primera vez, se siente demasiado grande y profundo como para arreglarlo a golpe de joystick).

 

Esta semana retomé el juego (más joven, nunca pude pasarme el Templo de la Gran Bahía, para el que hay hasta grupos de damnificados en Internet) y no he podido evitar conectar esa sensación con mis cortas y excitantes vacaciones. Un paralelismo sorprendente: una libertad inquietante. Sintiendo el contador en mi propia pantalla, en algún sitio fuera del alcance de mi visión periférica, las horas se iban fundiendo en un reloj omnipresente. He reído y llorado; me he cansado y he descansado; he visto a amigos y familia, y también he disfrutado de mi recuperada soledad; he tenido buen sexo y también días de no pretendida castidad monacal; y sobre todo he disfrutado de un éxtasis creativo y artístico. Diez días de libertad escalofriante. 

 

— La rutina a punto de caer sobre mí —le confío a Orlando, porque así se llama quien porta el suéter, a quien le empiezan a doler los muslos del frío. Quizás es hora de volver a casa, piensa

 

— Parece un juego increíble, deberías invitarme a jugarlo algún día —sentencia finalmente— Pero ahora, calla. 

 

 

 M.C.d'Australie

Casa de ladrillo, Tarragona, 12 de septiembre de 2016

 


TEXTO: CREATIVE COMMONS BY-NC-ND2016, MONSIEUR CRAPAUD D'AUSTRALIE. ALGUNOS DERECHOS RESERVADOS.  



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